Suiwo, el discípulo de Hakuin, era un buen maestro. Durante un período de retiro veraniego, llegó hasta él un alumno proveniente de una isla meridional de Japón. Suiwo le dio el siguiente problema: "Escucha el aplauso de una sola mano."
El discípulo trabajó durante tres años pero no logró resolverlo. Una noche, se acercó llorando a Suiwo y le dijo
— Debo volver al sur lleno de vergüenza porque no encuentro la respuesta.
— Espera una semana más y medita constantemente — le recomendó el maestro. Pero el tiempo transcurrió sin ningún resultado.
Cuando el alumno volvió a manifestarle su fracaso, Suiwo insistió:
— Inténtalo otra semana.
Pero siete días después, la escena se repitió. Finalmente, en su desesperación, el discípulo pidió ser liberado de la tarea. Esta vez, el maestro dijo:
— Medita durante tres días más y luego, si no encuentras la respuesta, suicídate.
Al segundo día, el discípulo alcanzó la iluminación
Cuento de la tradición budista zen.
sábado, 7 de agosto de 2010
Tres días más
viernes, 6 de agosto de 2010
El rey de la selva
Cuando el Tigre se abalanzó sobre el Zorro, éste gritó:
— ¡Cómo te atreves a atacar al rey de la selva!
El Tigre se detuvo, asombrado:
— ¡Tonterías! Tú no eres el rey!
— Por supuesto que lo soy —dijo el Zorro—. Todos los animales huyen de mí aterrorizados. Si quieres una prueba, ven conmigo
El Zorro se internó en el bosque con el Tigre pegado a sus talones. Cuando se acercaron a una manada de ciervos, éstos vieron al enorme felino detrás del Zorro y corrieron en todas direcciones.
Luego se aproximaron a un grupo de monos, que también huyeron ante la vista del Tigre. Entonces, el Zorro se dio vuelta y le dijo:
— ¿Necesitas más pruebas?
— No, gran rey, lo he visto con mis propios ojos.
Y, con una reverencia, el Tigre dejó ir al Zorro.
Cuento de la tradición hindú.
— ¡Cómo te atreves a atacar al rey de la selva!
El Tigre se detuvo, asombrado:
— ¡Tonterías! Tú no eres el rey!
— Por supuesto que lo soy —dijo el Zorro—. Todos los animales huyen de mí aterrorizados. Si quieres una prueba, ven conmigo
El Zorro se internó en el bosque con el Tigre pegado a sus talones. Cuando se acercaron a una manada de ciervos, éstos vieron al enorme felino detrás del Zorro y corrieron en todas direcciones.
Luego se aproximaron a un grupo de monos, que también huyeron ante la vista del Tigre. Entonces, el Zorro se dio vuelta y le dijo:
— ¿Necesitas más pruebas?
— No, gran rey, lo he visto con mis propios ojos.
Y, con una reverencia, el Tigre dejó ir al Zorro.
Cuento de la tradición hindú.
jueves, 5 de agosto de 2010
El poder de las oraciones
Un día, el mullah Nasrudín observó cómo el maestro del pueblo conducía a un grupo de niños hacia la mezquita.
— ¿Para qué los llevas allí? —le preguntó.
— La sequía está azotando al país —respondió el maestro—, y confiamos en que el clamor de los inocentes mueva el corazón del Todopoderoso.
— Lo importante no es el clamor, ya sea de inocentes o de criminales —dijo el mullah— sino la sabiduría y el conocimiento.
— ¿Cómo te atreves a blasfemar de ese modo delante de estos niños? —le recriminó el maestro—. ¡Deberás probar lo que has dicho, o te acusaré de hereje!
— Nada más fácil —replicó Nasrudín—. Si las oraciones de los niños sirvieran de algo, no habría un maestro de escuela en todo el país, porque no hay nada que detesten tanto los niños como ir a la escuela. Si tú has sobrevivido a tales oraciones, es porque nosotros, que sabemos más que los niños, te hemos mantenido en tu puesto.
Cuento de la tradición sufí.
— ¿Para qué los llevas allí? —le preguntó.
— La sequía está azotando al país —respondió el maestro—, y confiamos en que el clamor de los inocentes mueva el corazón del Todopoderoso.
— Lo importante no es el clamor, ya sea de inocentes o de criminales —dijo el mullah— sino la sabiduría y el conocimiento.
— ¿Cómo te atreves a blasfemar de ese modo delante de estos niños? —le recriminó el maestro—. ¡Deberás probar lo que has dicho, o te acusaré de hereje!
— Nada más fácil —replicó Nasrudín—. Si las oraciones de los niños sirvieran de algo, no habría un maestro de escuela en todo el país, porque no hay nada que detesten tanto los niños como ir a la escuela. Si tú has sobrevivido a tales oraciones, es porque nosotros, que sabemos más que los niños, te hemos mantenido en tu puesto.
Cuento de la tradición sufí.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Ceguera
— ¿Puedo ser tu discípulo?
— Tan sólo eres discípulo porque tus ojos están cerrados. El día que los abras verás que no hay nada que puedas aprender de mí ni de ningún otro.
— Entonces, ¿para qué necesito un maestro?
— Para hacerte ver la inutilidad de tenerlo.
Cuento de Anthony de Mello.
— Tan sólo eres discípulo porque tus ojos están cerrados. El día que los abras verás que no hay nada que puedas aprender de mí ni de ningún otro.
— Entonces, ¿para qué necesito un maestro?
— Para hacerte ver la inutilidad de tenerlo.
Cuento de Anthony de Mello.
martes, 3 de agosto de 2010
Un hombre de palabra
Un amigo le preguntó a Nasrudín:
— ¿Cuántos años tienes?
— Cuarenta —contestó el mullah.
— ¡Pero si me dijiste lo mismo hace tres años!
— Es que soy un hombre de palabra.
Cuento de la tradición sufí.
— ¿Cuántos años tienes?
— Cuarenta —contestó el mullah.
— ¡Pero si me dijiste lo mismo hace tres años!
— Es que soy un hombre de palabra.
Cuento de la tradición sufí.
lunes, 2 de agosto de 2010
Doña Ruth
Una vez hubo tres hombres que miraban desde lejos hacia una casa blanca que se erguía solitaria sobre una verde colina. Uno de ellos dijo:
— Aquélla es la casa de doña Ruth. Es una vieja bruja.
— Te equivocas —dijo el segundo hombre—, doña Ruth es una hermosa mujer que vive allí consagrada a sus sueños.
— Ambos se equivocan —dijo el tercero—. Doña Ruth es la arrendataria de esta vasta tierra y extrae sangre de sus siervos.
Y continuaron su camino discutiendo acerca de doña Ruth.
Cuando llegaron a un cruce encontraron a un anciano y uno de ellos le preguntó:
— ¿Podrías contarnos algo sobre doña Ruth, la que habita aquella casa blanca sobre la colina?
El anciano levantó la cabeza y sonriendo dijo:
— Tengo noventa años y recuerdo a doña Ruth desde niño. Pero doña Ruth falleció ochenta años atrás. Y ahora la casa está vacía. Los búhos anidan en ella algunas veces, y la gente dice que el lugar está embrujado.
Cuento de Gibran Khalil Gibran.
— Aquélla es la casa de doña Ruth. Es una vieja bruja.
— Te equivocas —dijo el segundo hombre—, doña Ruth es una hermosa mujer que vive allí consagrada a sus sueños.
— Ambos se equivocan —dijo el tercero—. Doña Ruth es la arrendataria de esta vasta tierra y extrae sangre de sus siervos.
Y continuaron su camino discutiendo acerca de doña Ruth.
Cuando llegaron a un cruce encontraron a un anciano y uno de ellos le preguntó:
— ¿Podrías contarnos algo sobre doña Ruth, la que habita aquella casa blanca sobre la colina?
El anciano levantó la cabeza y sonriendo dijo:
— Tengo noventa años y recuerdo a doña Ruth desde niño. Pero doña Ruth falleció ochenta años atrás. Y ahora la casa está vacía. Los búhos anidan en ella algunas veces, y la gente dice que el lugar está embrujado.
Cuento de Gibran Khalil Gibran.
domingo, 1 de agosto de 2010
Respuesta en las alturas
Un día, Nasrudín estaba en el techo de su casa reparando las tejas cuando un vecino golpeó a su puerta.
— ¿Qué quieres? —gritó el mullah desde las alturas.
— Baja y te lo diré.
Nasrudín descendió trabajosamente por una precaria escalera y, una vez abajo, volvió a preguntar:
— ¿Qué quieres?
— ¿Podrías prestarme dinero?
El mullah suspiró y le dijo:
— Sube conmigo al techo y te daré la respuesta.
Ambos subieron al tejado y, una vez allí, Nasrudín dijo:
— La respuesta es no.
Cuento de la tradición sufí.
— ¿Qué quieres? —gritó el mullah desde las alturas.
— Baja y te lo diré.
Nasrudín descendió trabajosamente por una precaria escalera y, una vez abajo, volvió a preguntar:
— ¿Qué quieres?
— ¿Podrías prestarme dinero?
El mullah suspiró y le dijo:
— Sube conmigo al techo y te daré la respuesta.
Ambos subieron al tejado y, una vez allí, Nasrudín dijo:
— La respuesta es no.
Cuento de la tradición sufí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)