En cierta ocasión, en casa del Baal Shem Tov, sus jóvenes discípulos celebraban la festividad del Júbilo bailando y bebiendo. A cada rato traían cántaros de vino de la bodega de la casa, hasta que la mujer del Baal Shem Tov, preocupada, le dijo a su marido:
— Si siguen bebiendo de esta manera, pronto se acabará el vino y nos faltará para la santificación del sábado.
— Tienes mucha razón — respondió el Baal Shem Tov, riendo —. Ve tú misma y diles que se moderen.
De modo que la mujer fue a hacerlo y, al abrir la puerta de la sala, vio a los jóvenes que bailaban en círculo. Y, por sobre ese resplandeciente círculo de bailarines, vio una no menos resplandeciente corona de grandes llamas azuladas.
Entonces, la mujer tomó un cántaro vacío con cada mano y se precipitó a la bodega en busca de más vino para los bailarines.
Cuento de la tradición jasídica
sábado, 7 de febrero de 2009
Cuando los jasidim bailan
viernes, 6 de febrero de 2009
Peor que un payaso
Había una vez un joven monje que practicaba muy seriamente el camino de la iluminación.
Cierta vez, encontró una enseñanza que no comprendía y fue a consultar a su maestro. Este lo escuchó e inmediatamente se alejó mientras reía.
El monje se sintió herido por la reacción del maestro y, durante tres días no pudo comer ni dormir. Finalmente, fue hasta él y le confesó cuánto lo había perturbado su risa.
— ¿Sabes cuál es tu problema? — le preguntó el maestro — Eres peor que un payaso.
El joven se sorprendió y dijo:
— ¿Cómo puedo ser peor que un payaso?
— Un payaso disfruta viendo reír a la gente — explicó el maestro —. Tú, en cambio, te sientes perturbado porque alguien se ríe. ¿No eres peor que un payaso?
Cuando el monje escuchó esto, comenzó a reír y alcanzó la iluminación.
Cuento de la tradición budista zen
Cierta vez, encontró una enseñanza que no comprendía y fue a consultar a su maestro. Este lo escuchó e inmediatamente se alejó mientras reía.
El monje se sintió herido por la reacción del maestro y, durante tres días no pudo comer ni dormir. Finalmente, fue hasta él y le confesó cuánto lo había perturbado su risa.
— ¿Sabes cuál es tu problema? — le preguntó el maestro — Eres peor que un payaso.
El joven se sorprendió y dijo:
— ¿Cómo puedo ser peor que un payaso?
— Un payaso disfruta viendo reír a la gente — explicó el maestro —. Tú, en cambio, te sientes perturbado porque alguien se ríe. ¿No eres peor que un payaso?
Cuando el monje escuchó esto, comenzó a reír y alcanzó la iluminación.
Cuento de la tradición budista zen
jueves, 5 de febrero de 2009
Lógica
Cierto día, el sultán fue a la mezquita. Sus guardias le abrían paso golpeando a la multitud con sus bastones. Golpeaban a la gente en la cabeza y desgarraban sus vestidos.
Un hombre no pudo escapar a tiempo y recibió una decena de bastonazos. Se dirigió entonces al sultán:
— Mira lo que haces para ir a la mezquita, es decir, para llevar a cabo una buena acción. ¿Quién puede decir de qué serás capaz el día en que decidas cometer una mala acción?
Cuento de la tradición sufí, tomado del libro “150 cuentos sufíes”, de Rumi
Un hombre no pudo escapar a tiempo y recibió una decena de bastonazos. Se dirigió entonces al sultán:
— Mira lo que haces para ir a la mezquita, es decir, para llevar a cabo una buena acción. ¿Quién puede decir de qué serás capaz el día en que decidas cometer una mala acción?
Cuento de la tradición sufí, tomado del libro “150 cuentos sufíes”, de Rumi
miércoles, 4 de febrero de 2009
Sigue adelante
Un leñador talaba los árboles de un bosque para aprovechar su madera, aunque ésta no era de óptima calidad. Entonces, vino hacia él un anciano y le dijo:
— Buen hombre, sigue adelante.
Al día siguiente, mientras el sol comenzaba a despejar la bruma matutina, el leñador se dispuso a reiniciar su tarea y recordó el consejo del anciano. Penetró más profundamente en el bosque y halló un macizo espléndido de árboles de sándalo, la madera más valiosa.
Días después, volvió a recordar la sugerencia del viejo sabio y se internó aun más entre los árboles. Así pudo encontrar una mina de plata. Este estupendo descubrimiento lo hizo muy rico en pocos meses.
Pasó el tiempo y el antiguo leñador no olvidaba las palabras del anciano: “Sigue adelante”. Por eso, un día se adentró mucho más en el bosque y halló una mina de oro. Entonces, se convirtió en un hombre riquísimo.
Cuento de la tradición hindú, tomado del libro “101 cuentos clásicos de la India”, de Ramiro Calle.
— Buen hombre, sigue adelante.
Al día siguiente, mientras el sol comenzaba a despejar la bruma matutina, el leñador se dispuso a reiniciar su tarea y recordó el consejo del anciano. Penetró más profundamente en el bosque y halló un macizo espléndido de árboles de sándalo, la madera más valiosa.
Días después, volvió a recordar la sugerencia del viejo sabio y se internó aun más entre los árboles. Así pudo encontrar una mina de plata. Este estupendo descubrimiento lo hizo muy rico en pocos meses.
Pasó el tiempo y el antiguo leñador no olvidaba las palabras del anciano: “Sigue adelante”. Por eso, un día se adentró mucho más en el bosque y halló una mina de oro. Entonces, se convirtió en un hombre riquísimo.
Cuento de la tradición hindú, tomado del libro “101 cuentos clásicos de la India”, de Ramiro Calle.
martes, 3 de febrero de 2009
El náufrago
El único sobreviviente de un naufragio llegó a nado hasta una pequeña y solitaria isla. Durante días, oró fervientemente a Dios, pidiendo ser rescatado. Cada mañana oteaba el horizonte, pero la ayuda nunca llegaba.
Cansado, comenzó a construir una minúscula cabaña para protegerse. Pero un día, al regresar de su cotidiana búsqueda de comida, encontró la choza en llamas. El humo subía hacia el cielo y había perdido todo.
Desesperado y enojado con Dios, le reprochó: " ¿Cómo pudiste hacerme esto?". Y lloró hasta quedarse dormido sobre la arena de la playa.
A la mañana siguiente, escuchó asombrado la sirena de un barco que se acercaba. Cuando el bote llegó a rescatarlo, les preguntó a los marineros: "¿Cómo supieron que yo estaba aquí?”.
Y ellos le respondieron: "Vimos las señales de humo que nos hiciste".
Cuento de origen desconocido
Cansado, comenzó a construir una minúscula cabaña para protegerse. Pero un día, al regresar de su cotidiana búsqueda de comida, encontró la choza en llamas. El humo subía hacia el cielo y había perdido todo.
Desesperado y enojado con Dios, le reprochó: " ¿Cómo pudiste hacerme esto?". Y lloró hasta quedarse dormido sobre la arena de la playa.
A la mañana siguiente, escuchó asombrado la sirena de un barco que se acercaba. Cuando el bote llegó a rescatarlo, les preguntó a los marineros: "¿Cómo supieron que yo estaba aquí?”.
Y ellos le respondieron: "Vimos las señales de humo que nos hiciste".
Cuento de origen desconocido
lunes, 2 de febrero de 2009
La piel de tigre
Cierta vez, un cordero se vistió con la piel de un tigre. Mientras se pavoneaba orgulloso, balaba alegremente frente a la hierba tierna.
De pronto, divisó a lo lejos a un lobo que venía y empezó a temblar como una hoja. Había olvidado que se encontraba bajo la piel de un tigre
Cuento de origen desconocido
De pronto, divisó a lo lejos a un lobo que venía y empezó a temblar como una hoja. Había olvidado que se encontraba bajo la piel de un tigre
Cuento de origen desconocido
domingo, 1 de febrero de 2009
La discusión
Había una vez, en un templo del norte de Japón, dos monjes budistas. El mayor era un hombre sabio pero el menor, además de tuerto, tenía muy pocas luces.
Cierto día, llegó un monje errante y pidió alojamiento, desafiándolos a una discusión sobre la doctrina religiosa. Tal como era la tradición, si los vencía en el debate tendría derecho a permanecer en el templo. Si no, debería seguir viaje.
El mayor, cansado por sus tareas, encomendó al menor que lo reemplazara, pero desconfiando de su inteligencia le recomendó que se mantuviera en silencio. Así pues, el monje menor y el forastero fueron a la puerta del templo y se sentaron.
Poco después, el viajero se levantó, fue adonde estaba el monje mayor y le dijo:
— Tu joven hermano es una persona extraordinaria. Me ha vencido.
— Cuéntame el diálogo — pidió el monje.
— Bien — dijo el viajero —, primero levanté un dedo, representando al Buda, el iluminado. Él levantó dos dedos, significando al Buda y su doctrina. Entonces, yo levanté tres, dando a entender al Buda, a su doctrina y al conjunto de sus seguidores. Pero él sacudió ante mi cara el puño cerrado, indicando que los tres constituyen una única realización. De esta manera, él ganó y yo no tengo derecho a permanecer aquí.
Dicho esto, el viajero partió. Un momento después, se acercó corriendo el monje menor.
— Entiendo que ganaste el debate — le dijo su compañero más viejo.
— ¡Qué ganar ni ganar! ¡Voy a molerlo a golpes!
— Cuéntame cómo fue.
— Pues, apenas me vio, levantó un dedo, insultándome porque tengo un solo ojo. Por cortesía yo levanté dos dedos, en señal de congratulación porque él tuviera dos. Pero ese infeliz malcriado levantó tres dedos, haciendo notar que no teníamos más que tres ojos entre los dos. Entonces me enfurecí y levanté el puño para pegarle, pero él salió corriendo y así terminó el debate.
Cuento de la tradición budista zen
Cierto día, llegó un monje errante y pidió alojamiento, desafiándolos a una discusión sobre la doctrina religiosa. Tal como era la tradición, si los vencía en el debate tendría derecho a permanecer en el templo. Si no, debería seguir viaje.
El mayor, cansado por sus tareas, encomendó al menor que lo reemplazara, pero desconfiando de su inteligencia le recomendó que se mantuviera en silencio. Así pues, el monje menor y el forastero fueron a la puerta del templo y se sentaron.
Poco después, el viajero se levantó, fue adonde estaba el monje mayor y le dijo:
— Tu joven hermano es una persona extraordinaria. Me ha vencido.
— Cuéntame el diálogo — pidió el monje.
— Bien — dijo el viajero —, primero levanté un dedo, representando al Buda, el iluminado. Él levantó dos dedos, significando al Buda y su doctrina. Entonces, yo levanté tres, dando a entender al Buda, a su doctrina y al conjunto de sus seguidores. Pero él sacudió ante mi cara el puño cerrado, indicando que los tres constituyen una única realización. De esta manera, él ganó y yo no tengo derecho a permanecer aquí.
Dicho esto, el viajero partió. Un momento después, se acercó corriendo el monje menor.
— Entiendo que ganaste el debate — le dijo su compañero más viejo.
— ¡Qué ganar ni ganar! ¡Voy a molerlo a golpes!
— Cuéntame cómo fue.
— Pues, apenas me vio, levantó un dedo, insultándome porque tengo un solo ojo. Por cortesía yo levanté dos dedos, en señal de congratulación porque él tuviera dos. Pero ese infeliz malcriado levantó tres dedos, haciendo notar que no teníamos más que tres ojos entre los dos. Entonces me enfurecí y levanté el puño para pegarle, pero él salió corriendo y así terminó el debate.
Cuento de la tradición budista zen
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