Mamiya llegó a ser un celebérrimo maestro zen, pero para ello tuvo que aprender el Zen con mucho esfuerzo.
Cuando era discípulo, su maestro le pidió que explicara el sonido del aplauso con una sola mano. Mamiya se entregó a ello con toda su alma, ayunando y robando horas al sueño para dar con la respuesta correcta. Pero su maestro nunca quedaba satisfecho. Un día llegó incluso a decirle:
— No trabajas lo suficiente. Te gusta demasiado la vida cómoda y estás demasiado apegado a las cosas placenteras de la vida; incluso demasiado apegado al deseo de dar con la respuesta lo antes posible. Más te valdría morirte.
La siguiente vez que Mamiya se vio delante del maestro, hizo algo notable: cuando el maestro le pidió que explicara el sonido del aplauso con una sola mano, él cayó al suelo y se quedó inmóvil, como si hubiera muerto.
El maestro le dijo:
— Muy bien. De modo que te has muerto... Pero, ¿qué me dices del sonido del aplauso con una sola mano?
Cuento de la tradición budista zen.
domingo, 29 de noviembre de 2009
El aplauso de una sola mano
sábado, 28 de noviembre de 2009
Cuento de hadas
Una rana que lleva una corona en la cabeza le dice a un señor:
— Béseme, por favor.
El señor piensa: “Este animal está encantado. Puede convertirse en una hermosa princesa heredera de un reino. Nos casaremos y seré rico”.
Besa a la rana. Al instante mismo se encuentra convertido en un sapo viscoso. La rana exclama feliz:
— Amor mío, hace tanto tiempo que estabas encantado, pero al fin te pude salvar.
Cuento de Alejandro Jodorowsky.
— Béseme, por favor.
El señor piensa: “Este animal está encantado. Puede convertirse en una hermosa princesa heredera de un reino. Nos casaremos y seré rico”.
Besa a la rana. Al instante mismo se encuentra convertido en un sapo viscoso. La rana exclama feliz:
— Amor mío, hace tanto tiempo que estabas encantado, pero al fin te pude salvar.
Cuento de Alejandro Jodorowsky.
viernes, 27 de noviembre de 2009
El hombre múltiple
Había un hombre que, tras treinta años de práctica, había adquirido el poder de multiplicarse a sí mismo en cuarenta formas distintas.
Por sus prácticas, supo que la hora de su muerte se acercaba, así que se preparó. Al escuchar las campanas del mensajero de la muerte, se multiplicó en cuarenta formas distintas.
El mensajero quedó aturdido. Debía llevarse a un hombre pero había cuarenta que parecían iguales. El Dios de la muerte, que todo lo sabe, mandó otro mensajero con una consigna precisa: elógialo hasta morir.
Cuando vio al hombre múltiple, el mensajero empezó a alabarlo:
— Eres un gran mensajero, invencible, maravilloso — Y el hombre múltiple se hinchaba en sus cuarenta formas —, pero tienes un pequeño defecto.
El verdadero individuo saltó gritando:
— ¿Cuál es?
El mensajero pudo así llevárselo a rastras.
Cuento de la tradición hindú.
Por sus prácticas, supo que la hora de su muerte se acercaba, así que se preparó. Al escuchar las campanas del mensajero de la muerte, se multiplicó en cuarenta formas distintas.
El mensajero quedó aturdido. Debía llevarse a un hombre pero había cuarenta que parecían iguales. El Dios de la muerte, que todo lo sabe, mandó otro mensajero con una consigna precisa: elógialo hasta morir.
Cuando vio al hombre múltiple, el mensajero empezó a alabarlo:
— Eres un gran mensajero, invencible, maravilloso — Y el hombre múltiple se hinchaba en sus cuarenta formas —, pero tienes un pequeño defecto.
El verdadero individuo saltó gritando:
— ¿Cuál es?
El mensajero pudo así llevárselo a rastras.
Cuento de la tradición hindú.
jueves, 26 de noviembre de 2009
La fe y las montañas
Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.
Cuento de Augusto Monterroso.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.
Cuento de Augusto Monterroso.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
El último suspiro
— ¿Cuál es la muerte ideal? —preguntó Tamar al Rabí Desconocido.
— Aquella cuyo último suspiro no perjudica a nadie; aquella cuyo último suspiro recuerda el crujido de los árboles en otoño. Un posible fuego consolador. Manzanas de oro dulce en la boca de algún niño.
— Sin embargo —comentó ella—, ninguna perífrasis poética nos exime del dolor de la pérdida.
— No se trata de evitar el dolor o la muerte sino de darles sentido. Los grandes maestros saben cuándo van a morir. Los Justos, deciden el día y la hora.
— Pero la pérdida... —insistió Tamar.
— El Padre encuentra todo lo que se pierde —respondió el Desconocido—. ¿Por qué preocuparse?
Cuento de la tradición jasídica.
— Aquella cuyo último suspiro no perjudica a nadie; aquella cuyo último suspiro recuerda el crujido de los árboles en otoño. Un posible fuego consolador. Manzanas de oro dulce en la boca de algún niño.
— Sin embargo —comentó ella—, ninguna perífrasis poética nos exime del dolor de la pérdida.
— No se trata de evitar el dolor o la muerte sino de darles sentido. Los grandes maestros saben cuándo van a morir. Los Justos, deciden el día y la hora.
— Pero la pérdida... —insistió Tamar.
— El Padre encuentra todo lo que se pierde —respondió el Desconocido—. ¿Por qué preocuparse?
Cuento de la tradición jasídica.
martes, 24 de noviembre de 2009
La historia del arte
Un buen día la alcaldía le encargó un gran caballo para una plaza de la ciudad. Un camión trajo al taller el bloque gigante de granito. El escultor empezó a trabajarlo, subió a una escalera, a golpes de martillo y cincel. Los niños lo miraban hacer.
Entonces los niños partieron de vacaciones, rumbo a las montañas o el mar. Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado. Y uno de los niños, con ojos muy abiertos, le preguntó:
— Pero... ¿cómo sabías que adentro de aquella piedra había un caballo?
Cuento de Eduardo Galeano.
Entonces los niños partieron de vacaciones, rumbo a las montañas o el mar. Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado. Y uno de los niños, con ojos muy abiertos, le preguntó:
— Pero... ¿cómo sabías que adentro de aquella piedra había un caballo?
Cuento de Eduardo Galeano.
lunes, 23 de noviembre de 2009
El uso de las parábolas
— Hui Zi está siempre usando parábolas —se quejó alguien al príncipe de Liang—. Si Su Majestad le prohíbe hablar en parábolas, no sabrá explicarse con claridad.
El príncipe asintió y, al día siguiente, le dijo a Hui Zi:
— Desde ahora, haga el favor de hablar de manera directa, y no en parábolas.
— Supongamos que hay un hombre que no sabe lo que es la catapulta — replicó Hui Zi—. Si pregunta cómo es y Su Alteza le dice que una catapulta es como una catapulta, ¿comprenderá él lo que Su Alteza quiere decir?
— ¡Claro que no! —respondió el príncipe.
— Pero supongamos que Su Alteza le dice que una catapulta es como un arco y que su cuerda está hecha de bambú, ¿no lo comprenderá mejor?
— Sí, será mucho más claro —admitió el príncipe.
— Comparamos algo que un hombre ignora con algo que conoce para ayudarlo a comprender —dijo Hui Zi—. Si no me permite usar parábolas, ¿cómo puedo aclararle las cosas a Su Alteza?
El príncipe convino en que Hui Zi tenía razón.
Cuento tomado de “El jardín de las anécdotas”, de Shuo Yuan.
El príncipe asintió y, al día siguiente, le dijo a Hui Zi:
— Desde ahora, haga el favor de hablar de manera directa, y no en parábolas.
— Supongamos que hay un hombre que no sabe lo que es la catapulta — replicó Hui Zi—. Si pregunta cómo es y Su Alteza le dice que una catapulta es como una catapulta, ¿comprenderá él lo que Su Alteza quiere decir?
— ¡Claro que no! —respondió el príncipe.
— Pero supongamos que Su Alteza le dice que una catapulta es como un arco y que su cuerda está hecha de bambú, ¿no lo comprenderá mejor?
— Sí, será mucho más claro —admitió el príncipe.
— Comparamos algo que un hombre ignora con algo que conoce para ayudarlo a comprender —dijo Hui Zi—. Si no me permite usar parábolas, ¿cómo puedo aclararle las cosas a Su Alteza?
El príncipe convino en que Hui Zi tenía razón.
Cuento tomado de “El jardín de las anécdotas”, de Shuo Yuan.
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